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Algunos aspectos filosóficos:

 

Largas discusiones alrededor de la temática que nos convoca y la reunión de un valioso archivo donde aparecen aspectos científicos del tema que podríamos vincular a la  Doctrina Social de la Iglesia, nos hicieron ver de inmediato la necesidad de aumentar la conciencia de la interconexión de toda la creación por la acción del Creador y por ende la necesidad también de fortalecer el imperio de los cuidados que requería la Creación, tanto en sus aspectos humanos como ambientales. Además, quien sino el hombre, hecho a imagen y semejanza de Dios, debería asumir la responsabilidad de ello.

 

 


 

 

 

A la pregunta por la naturaleza, la vida y la cultura, la sociedad, el hombre y la Divinidad, le sucedió inmediatamente la pregunta sobre la dimensión ética de lo ambiental, sus correlaciones con la bioética, con la estética, con la política, con los conceptos mismos del pensar y del habitar.

Comenzó a cobrar fuerza entonces una honda reflexión sobre el actuar humano en la naturaleza, sobre la naturaleza y en contra de la naturaleza buscando comprender si era posible construir una filosofía ambiental, en momentos en que el mundo post-moderno de hoy confunde la filosofía con el positivismo y lo ambiental se intenta reducir al ecologicismo o biologicismo.

Tiempo hubo, hasta que la humanidad desarrolló su comprensión y su dominio (dicho esto último no en el sentido de apropiación de lo que no era de él, sino en el sentido bíblico de dominar el arte de una relación armoniosa con su entorno) de carácter  progresivo sobre la naturaleza, tiempos en que el Ecosistema Natural humano se imponía e imponía sus leyes sobre y en la historia. El Ecosistema Histórico-cultural humano estaba sometido a esas condiciones en su desenvolvimiento.

 

La filosofía clásica alemana, generadora de pensamientos e ideologías en Europa Central (Filosofía de la Naturaleza, Hegel), antes de la primera mitad del Siglo XIX, hace una distinción entre naturaleza e historia, que sufren luego un interesante avatar conceptual. Los autores de esa época definen a la historia como una obra del espíritu, de la conciencia y de la libertad del hombre, cuestiones en que se transforma el concepto del libre albedrío del ser creado. Y definen a la naturaleza como el campo de lo material y de la rígida ley de la determinación en ausencia de conciencia y, por consiguiente, de libertad.

 

En una primera mirada, la soldadura de lo ambiental con la filosofía exige una transformación de los conceptos y por su puesto de sus prácticas, un cambio radical de paradigmas, el salirse del mecanicismo, el orden y la linealidad cartesianos, la adopción de una visión sistémica, y compleja de la nueva ciencia, adoptando las Teorías de la Complejidad, y por supuesto de una nueva filosofía ambiental que habrá de construirse o está ya construyéndose.

La necesidad de construir una ética ambiental y entonces una bioética, donde el concepto de vida se amplía cósmicamente y la urgencia de un pensamiento complejo que nos permita una sutura entre natura y cultura, donde ninguna es sin la otra, deberían estar presentes ante cualquier intento serio en este sentido. El análisis en profundidad de la relación del hombre con el ambiente o la creación, nos están pidiendo hoy el manejo imprescindible de estas categorías, que estarán obviamente ligadas a su cultura en cada lugar del planeta y su entorno (el universo), siendo esta cultura la herramienta imprescindible para ligar al hombre con su destino: la construcción de la historia.

Leyendo el trabajo publicado por un grupo de prestigiosos frailes franciscanos “Franciscanos y Medio ambiente” (Directores de Justicia y Paz de Norte-América - febrero 2006), podemos transcribir lo que sigue: “Roger Bacon, un hijo de Francisco del siglo XIII y una “vocación tardía", respondió con entusiasmo y creatividad al llamado a colaborar con Dios. Él encarnaba en su tiempo aquello que Keith Warner proponía, que es una tarea crítica de los franciscanos de hoy: orar con la naturaleza, aprender de ella y actuar por ella.”

“Keith añadía que esto exige “tomar a la naturaleza en serio— tomarla en serio como un agente de conversión religiosa, y como un objeto de nuestro interés y compasión”. [Tomar en Serio a la Naturaleza: El Misticismo de la Naturaleza, la Defensa Medioambiental y la Tradición Franciscana, Simposio WTU: “Los Franciscanos y la Creación: ¿Cuál es Nuestra Responsabilidad?” (mayo de 2003), 3]”

“También requiere que nos unamos a Francisco en llegar a ser lo que Keith llamó "teólogos vernaculares", es decir, los que pueden traducir nuestras experiencias y las voces de la naturaleza de maneras significativas. Bacon, recordaba él, “aprendió de la observación cuidadosa de la naturaleza, describiendo sus propiedades y su conducta, y articulando este conocimiento con la teología, la educación y la ética. “

“Él era lo que llamaríamos hoy un “erudito interdisciplinario” (id., 2l). Keith agregó que su estudio de Bacon y de otras fuentes lo llevó a concluir que animar el interés/-preocupación por la creación exigirá una pedagogía diferente que incluye: más énfasis en la educación y la formación espiritual (eco-alfabetismo); que integre una perspectiva y una práctica contemplativas; y que vincule la Tradición Intelectual Franciscana con las cuestiones críticas acerca de la sociedad, la ciencia y la tecnología.”

“Nuestra comprensión más profunda de la comunión de la creación aumenta nuestra conciencia de nuestra interdependencia. También nos exige desarrollar una comprensión más integral de nuestro mundo, evitando dualismos destructivos (la humanidad vs. la naturaleza, lo espiritual vs. lo material, etc.), y evitando también la compartimentación, que ha contaminado incluso nuestra propia labor cuando no hemos podido integrar las inquietudes sobre el medio ambiente con nuestro trabajo por la justicia y la paz”.

Entonces, sin descuidar la causa material de los problemas ambientales, esta filosofía ambiental debería subrayar y analizar las raíces ideológicas, morales y espirituales de la problemática ambiental. Todo un tema que merecería ser investigado y expresado primero en un ámbito con rigor científico y académico y luego difundido racionalmente por un organismo que sepa convertir esta tarea un verdadero objetivo institucional.

 

Aspectos de la DSI vinculados al tema de la relación hombre/ambiente

 

Uno de los conceptos que aparece más claramente en la doctrina social de la Iglesia, la cual “se sirve de todas las aportaciones cognoscitivas, provenientes de cualquier saber, y tiene una importante dimensión interdisciplinaria...”, es que la armonía del hombre con su semejante, con la creación y con Dios es el proyecto que el Creador persigue.

Por otro lado dicho proyecto ha sido y es alterado continuamente por el pecado humano, que se inspira en un plan alternativo, representado en el libro mismo del Génesis (cc. 3-11), en el que se describe la consolidación de una progresiva tensión conflictiva con Dios, con el semejante e incluso con la naturaleza.

Citando el documento titulado “Compromiso por evitar la catástrofe ecológica” (Audiencia Gene-ral, Juan Pablo II. 17 de enero de 2001) vemos que el contraste entre los dos proyectos emerge nítidamente en la vocación a la que la humanidad está llamada, según la Biblia, y en las consecuencias provocadas por su infidelidad a esa llamada”.

“La criatura humana recibe una misión de gobierno sobre la creación para hacer brillar todas sus potencialidades. Es una delegación que el Rey divino le atribuye en los orígenes mismos de la creación, cuando el hombre y la mujer, que son "imagen de Dios" (Gn 1, 27), reciben la orden de ser fecundos, multiplicarse, llenar la tierra, someterla y dominar los peces del mar, las aves del cielo y todo cuanto vive y se mueve sobre la tierra (cf. Gn 1, 28). San Gregorio de Nisa, uno de lo tres grandes Padres capadocios, comentaba: "Dios creó al hombre de modo tal que pudiera desempeñar su función de rey de la tierra (...). El hombre fue creado a imagen de Aquel que gobierna el universo. Todo demuestra que, desde el principio, su naturaleza está marcada por la realeza (...). Él es la imagen viva que participa con su dignidad en la perfección del modelo divino" (De hominis opificio, 4: PG 44, 136)”.

Más adelante dice Juan Pablo II: “Sin embargo el señorío del hombre no es "absoluto, sino ministerial, reflejo real del señorío único e infinito de Dios. Por eso, el hombre debe vivirlo con sabiduría y amor, participando de la sabiduría y del amor inconmensurables de Dios" (Evangelium vitae, 52: L'Osservatore romano, edición en lengua española, 31 de marzo de 1995, p. 12). En el lenguaje bíblico "dar el nombre" a las criaturas (cf. Gn 2, 19-20) es el signo de esta misión de conocimiento y de transformación de la realidad creada. Es la misión no de un dueño absoluto e incensurable, sino de un administrador del reino de Dios, llamado a continuar la obra del Creador, una obra de vida y de paz. Su tarea, definida en el libro de la Sabiduría, es la de gobernar "el mundo con santidad y justicia" (Sb 9, 3)”

Y sigue: “Por desgracia, si la mirada recorre las regiones de nuestro planeta, enseguida nos damos cuenta de que la humanidad ha defraudado las expectativas divinas. Sobre todo en nuestro tiempo, el hombre ha devastado sin vacilación llanuras y valles boscosos, ha contaminado las aguas, ha deformado el hábitat de la tierra, ha hecho irrespirable el aire, ha alterado los sistemas hidro-geológicos y atmosféricos, ha desertizado espacios verdes, ha realizado formas de industrialización salvaje, humillando -con una imagen de Dante Alighieri (Paraíso, XXII, 151)- el "jardín" que es la tierra, nuestra morada”.

Evidentemente la descripción que nos ofrece el texto anterior está lejos de no ser nada más que la verdad. Esto es algo que se muestra sin pudor a la vista de quien lo quiera ver en cualquier lugar del mundo. En algunos más, en otros menos.

¿Que se nos ofrece entonces como alternativa posible? ¿Cómo pasar de esto al menos a algo mejor? Leamos con atención lo que sigue: “Es preciso, pues, estimular y sostener la "conversión ecológica", que en estos últimos decenios ha hecho a la humanidad más sensible respecto a la catástrofe hacia la cual se estaba encaminando. El hombre no es ya "ministro" del Creador. Pero, autónomo déspota, está comprendiendo que debe finalmente detenerse ante el abismo. También se debe considerar positivamente una mayor atención a la calidad de vida y a la ecología, que se registra sobre todo en las sociedades más desarrolladas, en las que las expectativas de las personas no se centran tanto en los problemas de la supervivencia cuanto más bien en la búsqueda de una mejora global de las condiciones de vida" (Evangelium vitae, 27: L'Osservatore romano, edición en lengua española, 31 de marzo de 1995, p. 8). Por consiguiente, no está en juego sólo una ecología "física", atenta a tutelar el hábitat de los diversos seres vivos, sino también una ecología "humana", que haga más digna la existencia de las criaturas, protegiendo el bien radical de la vida en todas sus manifestaciones y preparando a las futuras generaciones un ambiente que se acerque más al proyecto del Creador”.

Entonces luego afirma: “Los hombres y mujeres, en esta nueva armonía con la naturaleza y consigo mismos, vuelven a pasear por el jardín de la creación, tratando de hacer que los bienes de la tierra estén disponibles para todos y no sólo para algunos privilegiados, precisamente como sugería el jubileo bíblico (cf. Lv 25, 8-13. 23). En medio de estas maravillas descubrimos la voz del Creador, transmitida por el cielo y la tierra, por el día y la noche: un lenguaje "sin palabras de las que se oiga el sonido", capaz de cruzar todas las fronteras (cf. Sal 19, 2-5)”. 

”El libro de la Sabiduría, evocado por San Pablo, celebra esta presencia de Dios en el universo recor- dando que "de la grandeza y hermosura de las criaturas se llega, por analogía, a contemplar a su Autor" (Sb 13, 5; cf. Rm 1, 20). Es lo que canta también la tradición judía de los Chassidim: "Dondequiera que yo vaya, Tú! ¡Dondequiera que yo esté, Tú..., dondequiera me vuelva, en cualquier parte que admire, sólo Tú, de nuevo Tú, siempre Tú" (M. Buber, I racconti dei Chassidim, Milán 1979, p. 256)”.

Y en una expresión también poética, pero más mundana nos dice Leopoldo Marechal en su “Banquete de Severo Arcángelo”: “-¡Impaglione!- le dijo Severo - ¿Por qué será que  la  delicia del hombre se ha dibujado siempre con formas de “jardín”? ¿No es un jardín perdido lo que sueña el hombre reseco, junto a sus metalurgias o a sus ciclotrones que bombardean el uranio? ¿Y por qué será que tales jardines están defendidos ahora por querubines en armas o por dragones atentos?”

 

Descubrir entonces a los “querubines” y “dragones atentos”, reunirlos y organizarlos, debería ser también una tarea de carácter institucional, que acompañe el desarrollo y la instalación impostergable, en la conciencia  de las personas y comunidades, de una “ecología humana” capaz de bregar por un ambiente en armonía con el proyecto de la Providencia.

 

La defensa de la vida:

 

La vida es la manifestación más maravillosa que ha generado la Creación. La vida en todos sus aspectos: en el hombre, en el reino vegetal, en el reino animal y aún en el reino mineral. La ciencia de hoy en el mundo nos informa, de manera cada vez más acabada, al respecto.

 

Una larga discusión acerca de la vida del hombre sobre el planeta y sus alrededores, llega a obtener, en los últimos siglos, acuerdos internacionales acerca de expresas normativas que tratan de garantizar el derecho de las personas a defender su vida, se ve plasmada en los derechos humanos.

 

Incluso esas normativas, fueron tenidas en cuenta por algunos países que las incluyeron en su carta magna o constitución. Por ejemplo la constitución argentina de 1949, que contenía en su texto los derechos de los trabajadores, los derechos de la mujer, los derechos de la ancianidad y los derechos de la niñez.

 

Pero lamentablemente, proceso de globalización mediante, la realidad nos muestra algo más que la fría letra de las normativas vigentes o anuladas (como la constitución de 49 en Argentina). Esto obliga a muchos a intentar salir al cruce de los acontecimientos y en un mensaje de Juan Pablo II a la Jornada Mundial de la Paz (2003) nuestro Papa nos dice: “Una solidaridad adecuada a la era de la globalización exige la defensa de los derechos humanos. A este respecto el Magisterio señala que la presencia de una autoridad pública internacional al servicio de los derechos humanos, de la libertad y de la paz, no sólo no se ha logrado aún completamente, sino que se debe constatar, por desgracia, la frecuente indecisión de la comunidad internacional sobre el deber de respetar y aplicar los derechos humano.

 

“Este deber atañe a todos los derechos fundamentales y no permite decisiones arbitrarias que acabarían en forma de discriminación e injusticia. Al mismo tiempo, somos testigos de una preocupante divergencia entre una serie de nuevos “derechos” promovidos en las sociedades tecnológicamente avanzadas y derechos humanos elementales que todavía no son respetados en situaciones de subdesarrollo: pienso por ejemplo, en el derecho a la alimentación, al agua potable, a la vivienda, a la autodeterminación y a la independencia”.

 

Sería obvio plantearse ante esta situación, valientemente denunciada, las pocas garantías que la humanidad ofrece hoy por la vida de la mayoría de los seres humanos que pueblan el planeta. Y ante eso cabría preguntarse si no sería también la especie humana, una de las especies en peligro de su supervivencia sobre la Tierra. Esto mismo hemos hecho nosotros.

 

Pero dado que ya hemos dicho que el hombre o la persona humana y sus comunidades, son los que pueden velar por el resto de la naturaleza (más allá de que sabemos que algunos hombres son los que en forma manifiesta y por ende fácil de probar, actúan irresponsablemente en contra de la naturaleza), si impedimos el desarrollo de la vida del hombre estamos impidiendo también la de la naturaleza en su conjunto, es decir la Creación de Dios.

 

Por lo que podemos concluir que todo ataque o falta de garantías respecto de la vida del hombre, lo es también en contra de la naturaleza y todo ataque a la naturaleza va también en contra de la vida del hombre.

 

En este aspecto, este tema es también vinculante con todo lo que el Magisterio viene expresando respecto de la vida por nacer o la eutanasia. Aquí, como católicos y como profesionales e investigadores, es decir apoyándonos en la Fe y la razón, no nos cabe ninguna duda o subterfugio respecto de que nuestro lugar está también allí donde se actúe en defensa de la vida.

 

Algunos sociólogos han definido la cultura contemporánea como la «tercera cultura», en la cual tiene predominio la tecnología; entre los principios de esta nueva cultura fundamental está la idea de que no hay nada fuera del universo tangible, que el hombre es un organismo no cualitativamente diferente de  cualquier otro animal –y por lo tanto reducido sólo a su realidad corpórea.

 

En el terreno científico se afirma que la ciencia y la tecnología son neutras: ya que la esencia de la ciencia es la objetividad, todo obstáculo al progreso científico es como una limitación a tal objetividad; como consecuencia no deben ponerse restricciones a la actividad científica y al progreso tecnológico. Se habla de «ciencia de lo posible», que considera justo y bueno todo lo que es técnicamente posible y que no acepta mensajes de orientación o de estímulo por parte de sistemas de pensamiento de orden antropológico o ético.

 

Si el hombre y toda la realidad biológica son fruto de una evolución ciega, no existen criterios según los cuales conformar la actuación del primero en la historia, y toda realidad natural es sólo materia a disposición del hombre. Consecuentemente, todo lo que es posible se convierte en lícito y todo límite es un obstáculo que hay que superar. De ahí resulta un gran impulso a no contenerse por principios éticos, en otras palabras, por el sentido de responsabilidad. Una actitud que puede ser muy peligrosa.

 

Al crecimiento de las posibilidades de auto-manipulación del hombre, debería corresponderle un igual desarrollo de nuestra «fuerza moral» para permitirnos proteger y tutelar la libertad y dignidad propia y ajena.

 

La bióloga molecular y profesora de Bioética en la Facultad de Medicina de la Universidad Católica del Sagrado Corazón (Roma), la doctora Anna Giuli, ha publicado un volumen bajo el título «Inicio de la vida humana individual. Bases biológicas e implicaciones bioéticas» («Inizio della vita umana individuale. Basi biologiche e implicazioni bioetiche», Edizioni ARACNE) nos dice que  en nuestra cultura está cambiando el sentir común respecto al ser humano, sobre todo en los momentos más emblemáticos y vulnerables de su existencia, induciendo una tendencia hacia un gradual «deshojamiento» del valor de la vida que cada vez va arraigando más en el tejido social y legislativo de la cultura occidental, históricamente cuna de los derechos humanos.”

 

”Según esta tradición cultural, como se afirma --entre otros sitios-- en el Preámbulo de la Declaración Universal de los Derechos del Hombre de 1948, el ser humano es el valor del que se originan y hacia el cual se dirigen todos los derechos fundamentales; cualquier otro criterio de orden cultural, político, geográfico o ideológico resultaría reductivo y arbitrario. La pertenencia a la especie humana es el elemento suficiente para atribuir a cada uno su dignidad”

 

”La tradición cultural de los derechos humanos ha tenido, además, una profunda incidencia en la reflexión biomédica contribuyendo a la afirmación más vigorosa de los derechos del hombre también en medicina, a través de la elaboración de los códigos de deontología médico-profesional y del desarrollo de los derechos del enfermo para asegurarle la autonomía y evitar abusos indebidos. Es entonces oportuno no desconocer esta tradición y valorar sus lógicas consecuencias respecto al tema del inicio de la vida humana en ámbito biomédico…..”

 

Para agregar más adelante: “El embrión humano precoz es un individuo en acto con la identidad propia de la especie humana a la que pertenece, y consecuentemente deben ser reconocidos sus derechos de sujeto humano y su vida debe ser plenamente respetada y protegida.”

 

En este punto deberemos entonces  plantear la necesidad de institucionalizar nuestra tarea, es decir contar con una herramienta de trabajo que nos sirva al logro de los fines expresados.  

 

La  pobreza en el mundo y la contaminación global


Extrayendo uno de los conceptos fundamentales de un documento producido por la Congregación para la Doctrina de la Fe (14/03/07), publicado por la agencia ZENIT, podemos leer que: “Las desigual -dades inicuas y las opresiones de todo tipo que afectan hoy a millones de hombres y mujeres están en abierta contradicción con el Evangelio de Cristo y no pueden dejar tranquila la conciencia de ningún cristiano. La Iglesia, dócil al Espíritu, avanza con fidelidad por los caminos de la liberación auténti-ca. Sus miembros son conscientes de sus flaquezas y de sus retrasos en esta búsqueda. Pero una mul-ltitud de cristianos, ya desde el tiempo de los Apóstoles, han dedicado sus fuerzas y sus vidas a la liberación de toda forma de opresión y a la promoción de la dignidad humana. La experiencia de los santos y el ejemplo de tantas obras de servicio al prójimo constituyen un estímulo y una luz para las iniciativas liberadoras que se imponen hoy.”

 

Nosotros,  desde el punto de vista que venimos analizando la situación de la relación del hombre con la naturaleza, podríamos tomar esta piadosa y valiente afirmación de los padres de la Congregación, como un elemento más a considerar en el proceso de contaminación ambiental en el orbe. En efecto, la pobreza implica seres humanos sin vivienda, sin trabajo, sin sistema de salud, sin agua potable, sin servicios sanitarios, sin educación y muchos de ellos viviendo en las amplias zonas de basurales que hoy cercan letalmente a las grandes ciudades en el mundo. Eso sí con hambre y con adicciones.

 

La enfermedad del cuerpo y del alma de seres humanos sometidos a esta situación, definen un tipo de exclusión que se vuelve contra la misma sociedad que la generó, dando lugar a otro tipo de contaminaciones aparte de las ya establecidas, a saber: aumento de las enfermedades transmisibles, la falta de seguridad para todos, el asecho del narcotráfico, la prostitución barata de niños y niñas, el trafico de órganos, etc. Podemos concluir entonces que la pobreza es un factor de contaminación físico y espiritual más.

 

Si a todo esto que hemos afirmado, agregamos sólo uno de los problemas ambientales que hoy aquejan a la humanidad, como es el problema del recalentamiento global, con sus secuelas de inundaciones, enfermedades, desabastecimiento alimentario, desaparición de ciudades costeras enteras, aumento de la conflictividad social de seres humanos sin vivienda y sin trabajo, etc. y tenemos en cuenta además que los que más van a sufrir este tipo de noxas, otra vez serán los más humildes de la tierra, llegamos a entrever la profunda relación que existe entre la pobreza y contaminación ambiental del planeta.

 

El proceso de institucionalización para disponer de  las herramientas de trabajo:

 

Evidentemente, el tratamiento racional de estas complejas cuestiones nos exige concretar la propuesta que nos hizo en el mes de noviembre p.p. Mons. Stanovnik: “deberán darle carácter institucional a la tarea en el marco de la DSI”.

 

En este plano lo primero fue convencernos a nosotros mismos que necesitábamos herramientas de trabajo capaces de adaptarse a la tarea que nos espera, en la que seguramente, no solo habrá que reflexionar, sino también tomar la decisión de actuar en el lugar y en el momento preciso.

 

Todo un desafío para los que organizan y conducen cualquier tipo de institución, la que deberá ser simple, objetiva, perfectible y estable. Estas cuatro condiciones, que están en permanente contradicción dialéctica, intentando proveer convenientemente a la armonía necesaria para su funcionamiento interno y para su relación con su entorno.

 

Una vez concretada una institución de las características enunciadas en el párrafo anterior, habrá que tomar la decisión de hacer manipulando la herramienta que hemos diseñado pero en ese mismo espacio temporal se nos vendrá encima el siguiente desafío que es el de saber como hacer o de saber para hacer. En este sentido nos parece oportuno citar el trabajo “La Nueva Evangelización y el Bicentenario de nuestra Patria” (Dr. Ernesto G. Luna), que nos dice al respecto:

 

“Saber para hacer”, presupone saber pensar con un método riguroso, con base teológica, filosófica y científica, que garantice el desarrollo integral, sustentable, respete la ecología y el medio ambiente, la calidad de vida, la justicia en sus diversas manifestaciones y los distintos valores que integran el concepto evolutivo y dinámico del bien común, como un requisito para una pacífica convivencia y efectiva vigencia del orden Constitucional.

 

“Saber para hacer”, requiere vitalmente de la educación y la cultura, donde madura y progresa el factor científico-tecnológico y primordialmente la persona humana, “sujeto, fundamento y fin de la sociedad y de sus estructuras”. De allí la importancia de la antropología cristiana sustentando los derechos y deberes correlativos de los seres humanos (). El Papa Juan Pablo II, con motivo del Jubileo del Año 2000,  convocó con palabras de Pablo VI a construir la “civilización del amor” y demanda ‘saber para hacer’, saber cómo, por qué y para qué”.

 

La creación de una institución que tenga en cuenta a rajatabla, en su trabajo y en sus utopías, la relación vida/ambiente, acerca de lo cual hemos intentado reflexionar en este documento, queda de suyo fundamentada, pero antes de cerrar el tema nos pareció oportuno dibujar dos pinceladas:

 

La primer pincelada que tiene que ver con que no podemos de ninguna manera, de acuerdo con lo expresado más arriba, escapar del ámbito científico- tecnológico, que hoy marca en forma indeleble a la humanidad. Por lo tanto deberemos actuar y decidir en este ámbito. Es decir que la institución deberá tener que ver con la ciencia y la tecnología del ambiente. Deberá entonces ejercer cuatro funciones fundamentales en ese sentido: hacer docencia, investigar sobre lo que podamos enseñar, formar discípulos y llevar adelante tareas de extensión; tareas estas últimas que no se deberán confundir con la mera divulgación temática, sino que deberán constituirse en una verdadera forma de trabajo territorial, que intentará enseñar a resolver problemas de la sociedad, trabajando junto a ella, lo que permitirá enseñar y también aprender de la experiencia vivida con la comunidad.

 

De ahí la necesidad de que la denominación de las institución contenga claramente expresada nuestra tarea: Entonces podríamos llamarla: Instituto de ciencias del ambiente. Pero nos falta algo:

 

La segunda pincelada, es decir la defensa de la vida, nos coloca frente a otro desafío. El lector recordará que cuando hablamos de los “querubines armados” y de “los dragones atentos” (citando a Leopoldo Marechal), dijimos que era necesario primero encontrarlos, luego reunirlos y finalmente organizarlos, con el objeto de defender los jardines o la vida. Por querubines armados debemos entender seres o personas que sean capaces de conservar su inocencia pero a la vez, estén armados de una sólida verdad, munidos de la cual, ningún accidente o avatar personal o histórico los amilane o cambie, y los dragones atentos otros seres o los mismos, pero que sean capaces además de escuchar atentamente a los humildes, a los que sufren y a los que menos tienen, para colocarse a lado de ellos y ayudarles a defender su vida y cumplir con sus sueños.

 

De esta forma la institución en la que venimos pensando podría llamarse, ahora sí ya con una forma más completa, Instituto de Ciencias del Ambiente y Defensa de la vida. Ahora si, el nombre intenta reflejar un poco más la tarea que nos hemos propuesto.

 

Se viene hablando en la Argentina, desde hace algunos años de un profundo cambio que los argentinos añoran, pero pensamos que como cristianos, dicho cambio solo puede serlo en nuestro propio beneficio y también en el de los que hoy nos niegan el derecho a la existencia. Algunos hablan de terminar de construir una nación y otros se plantean la elaboración de planes concretos en este sentido.

 

Nosotros aproximamos nuestros sueños a lo expresado por el Card. Mario Jorge Bergoglio S.J. en “La Nación por construir: utopía - pensamiento - compromiso”, que en uno de sus párrafos expresa: “(...) la creatividad histórica, desde una perspectiva cristiana, se rige por la parábola del trigo y la cizaña. Es necesario proyectar utopías, y al mismo tiempo es necesario hacerse cargo de lo que hay. No existe el “borrón y cuenta nueva”. Ser creativos no es tirar por la borda todo lo que constituye la realidad actual, por más limitada, corrupta y desgastada que ésta se presente. No hay futuro sin presente y sin pasado: la creatividad implica también memoria y discernimiento, ecuanimidad y justicia, prudencia y fortaleza. Si vamos a tratar de aportar algo a nuestra Patria no podemos perder de vista ambos polos: el utópico y el realista, porque ambos son parte integrante de la creatividad histórica. Debemos animarnos a lo nuevo, pero sin tirar a la basura lo que otros (e incluso nosotros mismos) han construido con esfuerzo...”